El Rocío ya está en la aldea

Juan, el gitano de Hinojos, cortaba los últimos tomates de este año en su chiringuito a la orilla del Guadiamar. El sol pegaba desde lo más alto cuando el Vado del Quema se quedó solo. Habían pasado Osuna, Écija y Puente Genil por las aguas estancas de este año. Las márgenes se atestaron. Carros y mulos removían el fango. Que viene La Macarena. Se notaba en todo. Tantos sombreros juntos en la rampa de arena eran la mejor prueba. Cinta de oro. Retazos expresionistas que con el reflejo del sol invitaban al más sano de los costumbrismos, sólo roto por la modernidad de una rumba sobre letra latinocomercial de Marc Anthony: «Valió la pena, eres una bendición». En medio de esta renovación del repertorio musical rociero, una madre bautizaba a su hijo adolescente entre lágrimas. Limpiaban el agua, absolutamente mancillada por el desprecio que algunos romeros le tienen al campo. Era grotesca la imagen de los pétalos de rosas flotando junto a los vasos de plástico y las bolsas vacías. Mas allí estaba La Macarena para limpiar las conciencias. «El crujir de mi carreta / por las orillas del Quema…». Sólo las herraduras de los animales contra los guijarros se colaban en el silencio. Salve y lluvia de flores. Salpicones para refrescarse. Bromas inclasificables: un hermano de Mairena del Aljarafe se quitó una de sus botas para llenarla de agua y vaciarla sobre todo despistado. Pronto se le acabó el juego. El simpecado del Salvador asomaba por el templete. La marabunta fue repentina. Decenas de carros y caballos se dispusieron a hacerle el paseíllo a la última carreta del Guadiamar. De pronto, el río no existía. Estaba debajo de los sombreros y los moños. Pero sólo se escuchaba el baile de las ramas hasta que una voz perdida entre cabezas rompió a cantar. «Tiene la marisma un río / que me quita tos los males / cuando me salpica el agua / son como besos del aire». Es curioso, en el camino del Rocío todo es marisma. Hasta lo más desértico. El hilillo de agua del Quema es marisma. La Raya es marisma. Y la marisma empieza en El Ajolí. Por allí cruzaba la Hermandad de Los Palacios cuando Sevilla lanzó sus sombreros al viento. «Sálvame, Rocío, sálvame». Varias palomas volaron hacia la Blanca Paloma. «Los bueyes muy despacito / anda y déjalos que beban / y le cantemos a la Virgen / cuando esté pará en el Quema». Juan, el de Hinojos, tenía entre manos su último tomate. Se acabó el café de achicoria. Sevilla estaba en El Chaparral para el sesteo. Suenan tambores. Tocan las gaitas. Grita el gentío. Que Sevilla, señores, se va al Rocío. No iba sola. El jefe de las Fuerzas Terrestres, el teniente general Pedro Pitarch, acompañaba al simpecado por primera vez. «Es una experiencia única. No recuerdo haber visto algo tan grande como esto. La devoción y el cariño de la gente hacia la Virgen es indescriptible, es difícil imaginarse tanto fervor, por eso he descubierto que soy un nuevo y humilde devoto de la Virgen del Rocío para siempre». Aún tenía el pelo húmedo cuando comentaba esto. Un hermano lo acababa de bautizar. No podía sospechar aún el colosal atasco de carretas y carriolas que atoraba el nuevo puente del Ajolí. Los simpecados pasaban desordenados, sin respetar su turno. Muchos romeros caminaban ya sin esperar a su hermandad. Querían verla cuanto antes. Pero la curiosidad los detenía sobre el pasadizo. En cada listón de madera está grabado el nombre de cada una de las hermandades que entran desde La Raya y su año de nacimiento. Los pies, muchos hinchados, barrían la arena para descubrir las inscripciones. Apenas importaba que una hermandad le estuviera cantando una plegaria a su simpecado sobre las aguas. Todos buscaban la suya en el suelo. Lo de siempre: el caos organizado. Y en medio de la nube de polvo y gentío, el pintor Juan Lacomba se agarraba a un junco para rezarle al bordado de Carmona. Un artista de vanguardia en medio de una estampa de tradición pura. «Esto no es costumbrismo, es también una vivencia, un aprendizaje del paisaje, es sociología y es espiritualidad. En el Rocío se conoce mucho el alma humana». Si será verdad que la romería no es tipismo que muchos llegaban a la aldea con mascarillas de quirófano. La alergia del camino también tiene una crónica. Y los cientos de devotos que llegaron ayer con una mochila a la espalda y una tienda de campaña. Y los flatos del calor. Y las ronchas por todo el cuerpo. Y el rumor de las casas recién abiertas. Y el cielo descubierto de las flores de seda que guiaron hace sólo una semana a la Pastora por la aldea. Había anoche tantos rocíos juntos en El Rocío que no hay papel que los describa. Pero todos son el mismo. Todos los rocíos van por Ella, la Blanca Paloma, que hoy abre las puertas de su ermita para admirar los simpecados mientras Juan, el gitano de Hinojos, desmonta su tinglado a toda velocidad. Que el lunes hay que estar en la marisma almonteña.



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