Madre, por Alberto García Reyes

La Virgen del Rocío no es obra humana… Yo he visto a los que lo han perdido todo gimiendo de felicidad a su vera. He visto a los que ya no esperan nada esperándola a Ella. He visto a los que pretenden ser alguien conformándose con ser nadie en su bulla. He visto a los buenos apartarse para dejarle sitio a los malos. He visto a los tamborileros soplar por los ojos y a los boyeros gritar con las manos. He visto guitarras que rezan y gargantas con clavijero. He visto a Juanini el de los Marismeños dejar su voz sobre los bancos, y a Juan Rafael Pérez Vera cantarse a solas con las lágrimas, y a los Romeros con sus zahones, y a Pascual gritando a cielo abierto, y a Camarón arrecido en una tapia blanca, y al Turronero metiendo a compás sus enaguas, y a Rafael el de la Costanilla componiendo querubines sobre cuartillas blancas para traer su corona, y a Muñoz y Pabón repujando palabras, y a Pareja Obregón en la hermandad de Triana, y a las sombras por delante de los cuerpos, y a la Virgen por encima de su palio.

La Virgen del Rocío no es de este mundo… Yo he visto al poderoso arrodillado y al mendigo enhiesto. He visto al moribundo en la plenitud de la vida y al fuerte temblando. He visto al vencedor dándose por vencido y al perdedor celebrando su victoria. He visto rezar al que no cree y bailar al creyente. He visto marchitarse a las flores que aún no han germinado, crecer a los ancianos, levantarse a los sepultados, amanecer de noche, oscurecer de día, nacer de las cenizas, morir de amor, pedir por un desconocido, dar las gracias por lo no logrado, defender a quien hiere…

Pocito del Rocío siempre manando… Yo he bebido agua dulce de la marisma, he probado la luna, he recibido un trago del sediento y un bocado del hambriento, he vestido las ropas del que iba desnudo y he tenido frío en verano, escalofrío, que es más que frío, he metido a compás mi silencio, he visto al armao Lagares ponerle dos velas de la Esperanza y al almonteño Reales traerse dos velas hasta el Arco, he visto a Aguado y a Serna pegarle lances a la luna de Utrera, y a Carrasco Escribano desdoblar la carta escondida en las entretelas del Simpecado, y a Marcos Cañadas repartiendo gajos de amargura del Patio de los Naranjos del Salvador, y a Manuel Lombo cantándole por dentro en su promesa de silencio, y a Borrero dando la noticia del centenario cien años antes, y a Macarena de la Torre quebrándose, y al Soto dejando su sombrero a la altura del pensamiento de la vara, y al Mani andando por derecho…

Salud de los enfermos, rosa temprana… Yo he visto a los que quieren y no pueden, a los que pueden y no quieren, a los que saben pero olvidan, a los que aprenden cuando recuerdan, a los que ignoran pero entienden, a los que sufren sin decirlo, a los que cuentan lo que no ha de saberse, a los que callan lo que hay que contar, a los hijos que juntan a sus dos madres, a los niños que no tienen edad, a los padres que todavía no tienen hijos…

Cuando, por la mañana, la Virgen sale… Yo he visto lo único que importa en esta vida, que no es la corona centenaria, tesoro esplendoroso para la Reina de todas las cosas, ni la multitud aclamando su omnipotencia, ni mi mundo.

He visto a mi Madre.

Por ALBERTO GARCÍA REYES, 9 de septiembre de 2018  ABC de Sevilla



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