La Virgen camina por su aldea sobre los hombros y bajo la mirada de sus fieles

Lágrimas, vivas y mucha devoción rociera tiñeron los arenosos senderos de El Rocío porque la Blanca Paloma salió de su santuario, un año más, para pasear por su pequeño reino junto a los miles de romeros que se arremolinaban en torno a su trono de plata. La procesión de este año ha sido una de las más madrugadoras que se recuerdan pero, no por ello menos intensa y emotiva que la de otros rocíos. "Yo no mido el tiempo en años sino en Rocíos", confesaba una devota romera a su marido. Con las primeras claras del día y bajo un cielo que amenazaba con lluvia, aunque por fortuna sólo quedó en eso, en una amenaza, la multitud olía a Rocío, a polvo, sudor y lágrimas, "el aroma de la devoción", según bromeaba un grupo de rocieros que quedaron atrapados entre la multitud. Sus rostros y sus voces daban fe de las noches en vela que todos arrastraban, pero la fe que los que acompañaba por los caminos de la aldea les empujaba a seguir a la Reina de la Marismas, como a los rocieros les gusta llamarla. Los lunares de las romeras y las flores prendidas con mimo y maestría en su pelo salpicaron de color una mañana "iluminada por la Virgen de El Rocío ya que el sol no ha querido acompañarla este año", se escuchaba entre la gente. Tras cinco horas de recorrido, en torno a las siete y media de la mañana, la Virgen de El Rocío miró a la cara al Simpecado de Huelva. Admirada y piropeada por todos sus conciudadanos de la capital, la Virgen se mostró ante la puerta principal de la casa hermandad de Huelva mientras que los onubenses estiraban el cuello para verle la cara y rezarle la salve junto a su Simpecado, una oración con la que, un Rocío más, se encomendaron a su Virgen. Al mismo tiempo, una lluvia de pétalos le bañó la cara a la Patrona de Almonte y a todos los almonteños que, a sus pies, la llevaban sobre sus hombros como si del mayor de los placeres se tratase. Con las manos al cielo, la mirada emocionada clavada en los ojos de la Virgen y la voz rota por la emoción, los onubenses homenajearon a la venerada imagen durante más de cinco minutos. Como colofón final, una decena de palomas blancas surcaron el cielo para despedirla hasta el año que viene. "Otro año más nos ha mirado a la cara y la hemos sentido cerca de nosotros" o "vale la pena esperar un año " eran algunos de los comentarios que se escuchaban entre los rocieros que sitiaban la casa hermandad de Huelva, con los que los romeros hacían notar la alegría de un momento único para los onubenses más rocieros y la tristeza de tener que esperar otro año más para que la Virgen de El Rocío visite de nuevo su casa. A pesar de la dificultad de moverse en la marea de rocieros que rodeaban a la Virgen, todos consiguieron volverse para mirarla a la cara mientras la Virgen doblaba la esquina de la calle Romería donde las terrazas de las casas eran un hervidero de rocieros que entonaban la tradicional sevillana con la que le pedían a los almonteños que le acercaran a la Virgen. Los cantes más rocieros se mezclaban con los oles, las palmas y los vivas que aún se escuchaban desde la casa hermandad de Huelva como si los onubenses se resistieran a abandonarla mientras el manto plateado de la Virgen siguiera reflejándose en sus ojos. Uno de los momentos más emotivos de la procesión se vivió en esta calle. Como es habitual, y único en esta procesión, la Virgen se tambalea sobre los hombros de los almonteños hasta el punto de bajar tanto al suelo que parece que la Virgen se esfuerza por acercarse a los rocieros para saludarlos. "Por muchos años que vengamos, siempre sufrimos cuando pasa esto pero lo que se siente al animar a los almonteños a que la levanten y ver que lo consiguen es algo que no se puede explicar". Éste era el sentir de todos los romeros a los que se le escapó un quejido cuando el trono se inclinaba cada vez más, por lo que gritaban "arriba con ella" y hacían palmas al son de los olés que dieron vida a los almonteños que sacaron la fuerza para levantarla de nuevo. Entre tanto, El Rocío era un ir y venir de simpecados que se dirigían al encuentro de la Virgen al ritmo del tamboril y de las palmas de sus hermanos. Uno de los lugares en los que se congregaron más simpecados de hermandades fue en la Plaza Doñana donde los sacerdotes de cada hermandad requerían la presencia de la Virgen con gritos, a veces desgarradores, que reforzaban los hermanos que acompañaban al director espiritual de su hermandad. A hombros y marcando el ritmo con sus brazos, los sacerdotes le rezaban la salve a la cara. Eran las doce del mediodía y la Virgen de El Rocío se mostraba ya, aún fuera de la ermita, ante el retablo dorado que preside se santuario. Tan sólo unos minutos más tarde, la patrona de todos los rocieros se despidió y ocupó su sitio en la ermita dejando a sus devotos romeros "huérfanos hasta el año que viene", según se quejaban algunos.

Foro del Rocío

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