BELMONTE, ROCIERO DE TRIANA Por Julio Mayo

¡Viva la Virgen del Rocío! y ¡Viva Belmonte! vitoreaban los trianeros la noche aquella del 3 de junio del año 1914, en la entrada de las carretas por Triana a su regreso de la aldea almonteña, según reza la portada de El Liberal del día después. Dos aclamaciones, dos invocaciones de igual a igual, en un mismo rango de fervor y veneración. Muchos del arrabal de Señá Santana divinizaron enseguida a un maestro que una semana antes, cuando el Simpecado partió hacia El Rocío, había sentido la fe de arrimarse al cortejo romero en el momento que pasó por la puerta de su casa y acompañarlo a pie hasta La Pañoleta –detalla El Liberal del 29 de mayo de aquel 1914–, ofreciendo con ello público testimonio de su arraigada querencia por el entorno en el que se había criado.
La devoción que profesó a la Virgen del Rocío ha sido una de las facetas menos conocidas de aquel hombre de serio semblante y profundas convicciones católicas, tan fiel cumplidor de los preceptos eclesiales. Todavía lo recuerdan los mayores de Utrera y mi pueblo de Los Palacios y Villafranca como asiduo feligrés dominical durante las temporadas que pasaba en “La Capitana”. Cabalgando un caballo tordo, con tupé rapado y clásico mosquero –la vara de la hermandad del Rocío de Triana empuñada en su mano derecha y sombrero de ala ancha colgado de ese brazo–, mientras maneja al animal con la izquierda, y ataviado con chaquetilla corta, de solapa, que cierra la guayabera blanca que lo encamisa, aparece el torero Juan Belmonte en la estampa rociera más remota que hasta la fecha hemos documentado de su histórica figura. Un retrato fechado el 1 de noviembre de 1912, hace ahora un siglo, lo sitúa presidiendo la carreta de plata, con el Simpecado de Triana, en la pintoresca fiesta romera que se celebró en Tablada, con motivo de un Congreso Nacional de Turismo, cuyo reportaje de fotos publicó el diario Mundo gráfico. Muy al margen del peregrinaje anual al santuario de la Patrona de Almonte, sirvió aquel evento, sin embargo, para promocionar diversos aspectos culturales y etnográficos de la identidad del pueblo sevillano.
En una de las cogidas que sufrió en abril de 1915, echó la promesa de hacer el camino andando con Triana hasta Camas, como agradecimiento a la protección que le había deparado la Santísima Virgen, según reseña El Liberal editado el 14 de mayo. En aquellos días, Nuestra Señora del Rocío había ampliado su prestigio milagroso aún más a tenor del famoso prodigio que, un año antes, había obrado con “El Gallo”, a quien remedió las consecuencias funestas de la gravísima cornada que padeció en Algeciras. El revolucionario matador de toros no partió en 1916 con El Rocío de Triana hacia tierras onubenses, sino que consumó la entrada, según testimonia El Noticiero Sevillano del día 16 de junio, como hermano de la entidad que fue los años primeros de su carrera. Entró acompañando al entonces mayordomo don Manuel Carretero, junto al ganadero don Anastasio Moreno Santamaría y los toreros Calderón y Riverito, ese amigo de la infancia que capitaneaba la pandilla de San Jacinto con el que protagonizó tantas aventuras de maletilla. Guardaron siempre una estrecha relación con la hermandad la gente del mundo del toro, ejemplificado el vínculo con los hermanos Moreno Santamaría, miembros de la Junta desde 1909, y el diestro Joaquín Navarro “Quinito”, quien llegó a ostentar el cargo de hermano mayor en 1892.
Cuando la coronación canónica de la Virgen del Rocío, año de 1919, Juan Belmonte se significó en aquel también simbólico acto de homenaje a nuestra cultura popular andaluza, por ser uno de los contribuyentes que realizó el donativo en metálico más cuantioso (500 pesetas), aunque no formó parte de la comisión organizadora que promovió el canónigo don Juan Francisco Muñoz y Pabón, a la que sí perteneció su rival taurino Joselito “el Gallo”, reconocido benefactor de la Esperanza Macarena y con quien compartió buena amistad fuera de los ruedos. La hermandad de Triana, que para la importante ocasión estrenó numerosos enseres, recibió la donación de cuatro candelabros de plata de ley, sobredorados, para el adorno de la carreta del Simpecado, legados por Rafael Gómez “El Gallo”, otro gran devoto de la Señora de las Marismas desde el beneficio que recibió tras el percance anteriormente reseñado, y en virtud del cual ofrendó un valioso exvoto, con letras inscritas de oro, en el que se lee: “Otorga lo imposible”.
En el decenio de 1930, formó parte “El Pasmo de Triana” de la Junta de Gobierno de la hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración. La prensa de los años 1934 y 1935 lo resaltó presidiendo el paso de las carretas por la capilla última de la calle Castilla con los señores Herrera, Bernal, Noval y Monsalves. Todos los años salía en Semana Santa de maniguetero del paso de palio de la Virgen del Patrocinio y Sevilla entera sabía que fue un notorio cofrade del Cachorro, pero pocos recordaban ya la predilección que Juan Belmonte García sintió por la Blanca Paloma y el explendor institucional que, en aquellas primeras décadas del pasado siglo XX, brindó a la hermandad del Rocío de Triana.
(*) Julio Mayo es Historiador y uno de los autores del libro conmemorativo que la Hermandad del Rocío de Triana editará en 2013, sobre su historia,con motivo del Bicentenario fundacional



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